Hay viajes que se miden en millas náuticas. Y otros que, sencillamente, se quedan grabados en el corazón.
Llevo 40 años navegando, 30 de ellos cruzando el Mediterráneo, acumulando experiencias, aprendiendo de la mar y compartiendo mi pasión con quienes han pasado por OCIOVELA.
Pero acabo de regresar de una travesía entre Alicante e Ibiza que, sin duda, guardaré de una manera muy especial.
Esta vez, mi tripulación eran mis hijas.

Cuatro días juntos a bordo. Cuatro días de mar, de convivencia, de risas, de aventuras, de espacios pequeños y de esas incomodidades que cualquiera que haya navegado conoce perfectamente.
Y, sin embargo, qué maravilla verlas disfrutar.
Ver cómo se adaptan con naturalidad a los contratiempos de la mar. Cómo aceptan las incomodidades sin darles importancia. Cómo disfrutan de cada momento, de cada milla, de esa libertad tan difícil de explicar a quien nunca la ha sentido.

Siempre he pensado que a bordo de un barco se conoce de verdad a las personas. Porque cuando sales de tu zona de confort, cuando las cosas no son tan cómodas como en tierra firme y tienes que adaptarte, convivir y afrontar pequeños contratiempos, es cuando afloran los verdaderos valores de cada uno.
Y en esta travesía he tenido la suerte de comprobarlo con mis propias hijas.
He visto su capacidad de adaptación, su fortaleza, su actitud ante las dificultades y, sobre todo, su manera de convivir, de respetar y de disfrutar sin necesitar grandes cosas.

Y he sentido ese orgullo silencioso que sentimos los padres cuando descubrimos que algo estamos haciendo bien. Que los valores que intentamos transmitirles están ahí. Que van por buen camino.
Pero, sobre todo, me ha emocionado ver que aquello que a mí me apasiona, que ha marcado mi vida y que he convertido en mi profesión, también les hace felices a ellas.
No sé si hay mayor orgullo para un padre.

Durante todos estos años he enseñado a muchas personas a navegar. He compartido conocimientos, experiencias y lecciones que solo se aprenden estando ahí fuera, en la mar.
Pero esta travesía me ha recordado que lo más bonito de una pasión no es solo vivirla, sino poder compartirla con las personas que más quieres.

Y que la mar, además de enseñarnos a navegar, nos prepara para la vida. Nos enseña a tener paciencia, a convivir, a confiar, a superar dificultades y a valorar las cosas sencillas.
Rafael Ramón Borja
Fundador de OCIOVELA. Navegante, formador y, por encima de todo, padre.
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