Por Rafael Ramón-Borja
El mar está en calma. Sopla una brisa agradable, el velero avanza a buen ritmo y disfrutas de uno de esos días perfectos para navegar.
Te levantas para recoger un cabo. Una pequeña ola, un movimiento inesperado, pierdes el equilibrio…
Y de repente estás en el agua.
Sales a la superficie y buscas el barco con la mirada. Ahí está, a unos metros. Alguien grita:
—¡HOMBRE AL AGUA!
Piensas que no pasa nada. Que enseguida darán la vuelta para recogerte.
Pero el barco sigue avanzando.
Y tú te quedas atrás.

Cuando unos segundos parecen eternos
Levantas un brazo. Gritas. El viento se lleva tu voz.
Ves cómo el velero se aleja y empiezas a comprender algo inquietante: desde cubierta, localizar una cabeza entre las olas puede ser mucho más difícil de lo que imaginamos.
Entonces aparece una pregunta que te hiela la sangre:
¿Y si no consiguen encontrarme?
Pero imagina algo todavía peor.
Eras tú quien llevaba el timón. Quien conocía el barco, quien sabía maniobrar, quien tenía experiencia.
A bordo han quedado tu pareja, tus amigos o tus hijos.
¿Sabrían regresar a por ti?
El mar no concede tiempo para improvisar
Después de tantos años navegando, hay algo que tengo muy claro: una emergencia puede producirse incluso en el día más tranquilo.
Por eso, no basta con que el patrón sepa navegar. Quienes nos acompañan también deberían conocer unas instrucciones básicas: cómo dar la alarma, lanzar un elemento de flotación, mantener a la persona a la vista y pedir ayuda.
Y, siempre que sea posible, alguien más debería saber gobernar la embarcación.
Porque cuando ocurre lo inesperado, la preparación puede marcar la diferencia entre un susto y una tragedia.
Saber navegar es mucho más que llevar el timón
Volvamos al agua.
El barco empieza a girar. Lo ves acercarse y respiras aliviado. Pero todavía queda lo más difícil: aproximarse con seguridad y conseguir que vuelvas a bordo.
Finalmente, una mano se extiende hacia ti.
La agarras. Estás a salvo.
Miras el mar. Es el mismo de hace diez minutos, pero ya no lo ves con los mismos ojos.
Siempre he pensado que un buen patrón no es el que más millas navega, sino el que consigue que todos regresen sanos y salvos a puerto.
Y ahora, una última pregunta:
La próxima vez que salgas a navegar, si fueras tú quien cae al agua… ¿confiarías en que tu tripulación sabría rescatarte?

Porque la seguridad también se entrena
En OCIOVELA no nos conformamos con enseñar a navegar. Preparamos a nuestros futuros patrones para saber reaccionar cuando las cosas se complican.
Durante nuestras prácticas a bordo realizamos simulacros de «hombre al agua», repitiendo maniobras y protocolos tantas veces como sea necesario, hasta que cada alumno adquiere la confianza necesaria para actuar con seguridad.
Porque hay situaciones en las que no basta con saber qué hacer. Hay que haberlo practicado.
¿Quieres aprender a navegar con confianza y seguridad?
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Rafael Ramón-Borja
OCIOVELA · Escuela Náutica en Alicante
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